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CLASE 12/ EL SIMPLE ARTE DE NARRAR/ LA SEGUNDA PERSONA

 

De tú a tú

Como vimos en la clase anterior, la primera y la  tercera persona son las más utilizadas en la narración.  Pero no por eso vamos a olvidar la segunda persona, menos frecuente pero aplicada en ocasiones con excelentes resultados.  

En tercera persona todos los personajes son llamados él, ella o ellos. En primera persona el personaje que cuenta la historia se refiere a sí mismo como yo, y a los demás personajes como él, ella o ellos.

La segunda persona es un modo básico del relato sólo cuando un personaje es llamado de  tú o de usted. Sólo cuando “tú” se convierte en personaje, en actor del drama, la novela o el cuento está en segunda persona.

Se pueden distinguir dos modalidades para el uso de la segunda persona

Tal vez entonces veas al hombre enamorado dentro de la ventana de un bar, recortado y solo pese al periódico y los vecinos de la mesa vecina, pese al tintineo de vasos que nunca se rompen y líquidos que se derraman sin dejar más huella que el rastro fugaz de su paso por la mesa, perseguidos por el paño mecánico del camarero que ha limpiado ya demasiados cafés volcados como para indagar sobre la causa de uno más.

Tal vez entonces te detengas a encender un cigarrillo a contraviento, capillita de dedos para proteger la llama que se apaga y se apaga, con un paquete prisionero bajo la cárcel del brazo y el maletín haciendo equilibrio entre dos rodillas y el soplido de la brisa encajonada de edificios despeinándote las ganas de fumar.

Tal vez entonces pase una mujer entre la ventana del bar que aprisiona al hombre enamorado en su solemne soledad acompañada de café volcado y tu lucha perdida por encender un cigarrillo a destiempo y a desgana, mientras un niño con el vaquero roto a la altura de las esperanzas ofrece sin entusiasmo unos bolígrafos para escribir qué a una señora de cierta edad incierta que se preocupa ciertamente por la desgraciada condición del chico, por su edad de estar en el colegio y tu papá en qué trabaja, nene, que se preocupa ciertamente por todo lo del chico antes de olvidarlo para siempre, porque bolígrafos ya tengo.

( Fragmento de Pentágono. de Carlos Salem) 

El narrador, que nunca se identifica y adquiere cierta omnisciencia limitada, le habla a un observador, al que cede ese papel.  El mismo relato podría narrarse en primera persona o en tercera, pero esa narración a un observador sin identificar, y el uso de un tiempo verbal no muy usual, contribuyen a generar la inquietud, sin necesidad de ofrecer más datos que los parecen desprenderse de una observación fotográfica simultánea e imposible.

La segunda persona resulta adecuada para narrar creando cierto marco cronológico que permite desgranar la historia como si la estuviéramos contando en persona, aunque con las ventajas de la palabra escrita. Es el caso del género epistolar, al que han acudido alguna vez todos los autores de relatos:

La carta prometida

Querida Escarlata:

                  Ahora que conozco tu verdadero nombre, me resisto a olvidar el que usé durante 40 años para soñarte. Además, así identificarás al autor de estas líneas, el joven con delgado bigote y nervios en el ademán, que en aquél guateque de San Valentín de 1966, te hizo reír durante horas y antes de la despedida te prometió una carta. Tal vez recuerdes nuestra conversación, yo la revivo palabra por palabra: la broma sobre tu vestido y tu parecido con Vivien Leigh, la pasión común por los tulipanes rojos y la afición a las cartas como “la verdadera literatura, la que la gente escribe con el corazón”. Cuánto reíste cuando te confesé, avanzada la noche, que en realidad no estudiaba Ingeniería, como te había dicho cuando mi prima Paulina nos presentó, y que me ganaba la vida como cartero.

Antes de que te lo preguntes: sigo siendo cartero. Al menos hasta final de año, cuando me jubilen. Y en todo este tiempo,  he repartido cartas de amor, de odio, reclamos comerciales, buenas y malas noticias. Cartas muy esperadas, cartas sorprendentes, cartas delgadas y gruesas cartas que parecían legajos de agravios o de promesas. Aprendes a leer en la cara de la gente cuando recibe una carta certificada.  Y cada vez que echaba una carta en un buzón, imaginaba que eras tú quién la recibía. Cada día, durante cuarenta años en los que Paulina, ofendida, me negó tu nombre, tus señas, los datos necesarios para escribir la carta prometida.  Sólo de año en año, con cuentagotas, me ofrecía algún indicio: tu matrimonio casi una década después de aquella fiesta y ese único beso apresurado, tus dos hijos, la muerte de tu marido. También me hablaba de cómo me recordabas, de las veces que le preguntaste por mí, de tu confesión de un amor que venció al paso de los años, y de cómo simulaba desconocer mi paradero y mi nombre. El rencor de Paulina, que acudió a la fiesta segura de enamorarme y se vio desplazada, fue más duradero que el amor que nunca sintió por mi. Pero seguí frecuentándola todo este tiempo, en la esperanza de que alguna vez se compadeciera y me diera tus datos.

No te fui fiel, y ocho años después de aquella noche me casé con una buena mujer. No funcionó, estabas en todas partes, con tu vestido blanco y esa promesa intacta. Acabé divorciándome con la misma tibieza con que me casé, poco después que enviudaras. Y dejé de sentirme culpable por esta carta que llevo encima desde el 15 de febrero de 1966, la que he vuelto a escribir cada fin de año, o cuando un acontecimiento llegaba a mi vida. En esta carta te he contado de mis hijos, de los ascensos rechazados para poder seguir repartiendo correspondencia casa por casa en busca de tu puerta, de la muerte de mi madre, de mi soledad. A fuerza de escribirte, llegué a creer que hablaba contigo, que seguíamos en el guateque, que el beso no se interrumpía por las prisas ofendidas de Paulina.

Sabrás que Paulina murió el mes pasado. Y poco me faltó para seguirla: con ella se marchaba la posibilidad de encontrarte.

Hasta que ayer me llegó la noticia.

Por carta, desde luego.

Ella la había escrito hace años y dejó orden de que me fuera enviada después de su muerte. En esa carta, Paulina me daba tu nombre, tu dirección actual y hasta tu teléfono. Como si yo fuera a cometer la vulgaridad de llamarte. Y agregaba de su puño y letra: “Mi peor venganza: te dejo encontrarla, ahora que es demasiado tarde”. Paulina, además de rencorosa, era imbécil, y perdona por el exabrupto. Ignoraba que al negarme la posibilidad de verte, me regaló una razón para vivir cuarenta años de amor perfecto.

De modo, querida Escarlata, que por fin lees la carta.

Y como ves, he cumplido mi palabra.

Puede que todo sea una broma de Paulina, que jamás hayas preguntado por mí, que me olvidaras al día siguiente.

Pero si no es así, si al acabar de leer estas líneas quieres verme, no tienes más que asomarte a la ventana de tu casa, ante la que pasé tantas veces cuando te buscaba, carta a carta.

Soy ese cartero envejecido que lleva un gran ramo de tulipanes rojos en la mano y que espera un gesto tuyo para acercarse. Verás que sonrío, por que al fin te he hallado, y por la satisfacción del deber cumplido: la carta ha llegado a destino.

Sinceramente tuyo, Rafael.

(La carta prometida, Carlos Salem)

La segunda persona es eminentemente experimental y al aplicarla cebemos vigilar el alcance de la omnisciencia del narrador, porque el supuesto receptor del mensaje no es (aparentemente) el lector sino otro personaje. La empatía puede producirse con el narrador (en el caso anterior el autor de la carta) porque adoptamos el punto de vista de la mujer que ha recibido esa carta. En el primer ejemplo, lo más probable es que nos pongamos en el lugar de ese observador que se detiene en un cruce de la peatonal y presiente que algo ocurrirá, aunque se lo está contando un narrador invisible.

Otro recurso habitual es el de hablar en segunda persona al receptor del mensaje, omitiendo sus respuestas. El monólogo, claramente heredero del teatro, nos permite desarrollar una historia que el narrador conoce pero el personaje que la escucha no, e incluso  escamoteamos sobre el papel sus respuestas, las damos por asumidas dentro del discurso que le dedica el narrador.

Un cigarrillo, sí, por favor, ya sé que no me habías visto fumar, y gracias por decir que me queda bien el cigarrillo, no te creo pero gracias. Por el cumplido de ahora y por el calor de hace un rato. No estés nervioso, por favor, no es necesario, somos adultos y todo eso, y una, a punto de celebrar el cuarto de siglo, ya sabe de estas cosas. Siempre supe, antes de saber, mi madre decía que era una niña rara y jamás perdonó a papá que me registrara con el nombre de Manuela mientras ella estaba convaleciente. Sí, tápate, si tienes frío, aunque me temo que tu frío no tiene que ver con el clima de la noche, sino con el sudor que nos cubre, y por mezclado, por la mitad ajena, nos hace sentir más desnudos todavía. Qué extraño, amor, que nos miremos como extraños entre el humo, cuando hace cinco minutos, diez acaso, antes de que fueras hacia el baño y te espiara caminar desnudo pero raramente erguido, pendiente la espalda de mi evaluación, antes de todo eso nos reconocimos hasta el fin con voracidad mordida de promesas. No me mires así, por favor, ya sé que soy rara, me miras como mamá me miraba en la niñez antes de sacudir la cabeza resignada y murmurar que la culpa era de mi padre por haberme puesto el nombre de Manuela. Manuela era mi abuela, y la abuela de su abuela, y la abuela de la abuela de su abuela, la primera Manuela, que seguramente no fue la primera, pero sí la que inauguró la leyenda inquietante, allá en Galicia. Decían que era meiga, qué extraño, amor, que de una mujer como ella sólo se conservara el residuo de los rumores de su pasión por la ciencia sin libros, y no su verdadera magia, la de ser capaz de amar hasta la muerte. La suya y la del amado. Todo eso me lo contó papá, mi madre no hablaba de las Manuelas, y a mí, toda la vida me llamó la niña, creo que para evitar convocar sus miedos con el nombre que creía maldito. La primera Manuela amó a un marinero, ya sabes, la historia de siempre, salvo que te toque vivirla. Entonces es la de nunca. El marinero era sueco, noruego o de algún país helado. Y prendado de Manuela dejó el barco y las olas, quiso hacerse labrador, pero la historia que ha durado hasta hoy cuenta que era alto y silencioso, con el cuello siempre doblado, porque aunque estuviera a kilómetros de la costa, su cabeza siempre buscaba el mar. Y al mar se fue una tarde, enrolado en secreto en un carguero que iba lejos.

(Fragmento de Qué extraño, amor, incluido en el libro Yo también puedo escribir una jodida historia de amor)

Como ejercicios de esta clase, redactaremos un relato en forma de monólogo, similar al fragmento anterior (en documento adjunto va el cuento completo) , con tema libre. Es importante recodar que NO  se escucha al interlocutor, pero debemos mostrar cómo reacciona a lo que le cuentan.

El segundo ejercicio de esta clase será redactar un relato en forma de carta, de entre dos y tres folios. El tema y el tono serán libres, pero debemos narrar una historia.

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