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El monstruo

Marta es forense del turno de noche y realiza el levantamiento de otro cadáver que apareció despedazado en la ciudad. El cuarto en los últimos meses. Como los anteriores, ocurrió con luna llena. Todos los cuerpos presentan desgarros, mordiscos y la amputación de miembros. La policía no encuentra una explicación lógica. Nadie tiene fuerza como para dejar en ese estado a un cuerpo humano. El único testigo es un alcohólico del barrio. Asegura haber visto a un animal enorme caminando a dos patas y alejándose de la víctima. Marta revisa dos fotos del caso anterior y las heridas son casi idénticas en una. En la otra, tras pasar por la fune

 

raria, el muerto parece menos muerto gracias al maquillaje. Siente náuseas. En la primera es un trozo de carne. Esa es una imagen. La otra es del ataúd.
A la noche siguiente, Marta entra en la habitación de su hijo para arroparlo y lo encuentra de pie, mirando por la ventana abierta.

 

—Sergio, cariño, ¿Qué te pasa? Es hora de dormir ya.
—Mamá. Tengo miedo. No vayas esta noche a trabajar —dice con voz temblorosa.
—¿Miedo de qué, cielo?
Se abraza a ella.
—Anoche vi a un monstruo desde la ventana. Y no es la primera vez. Creo que le gusta pasear por este barrio.—Sergio, sabes que los monstruos no existen. Ven y túmbate. Me quedo contigo hasta

 

 que te duermas, ¿vale?
Cuando el niño se queda dormido, Marta se levanta con delicadeza, va hasta la ventana y mira hacia la luna llena. Reprime las ganas de aullar. Tiene hambre y nota como los colmillos le crecen, afilados. Salta por la ventana antes de transformarse y va en busca de su próxima víctima, antes de perder el control y hacer daño a su propio hijo.

Carlos Ortuño Sereix

 

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