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Curso de narrativa. Clase 18

ÍNDICE DE CONTENIDOS DEL CURSO COMPLETO

 

CLASE 18: ARGUMENTO Y TRAMA

En clases anteriores hemos hablado de la estructura de un relato y de las partes que la forman, sean o no evidentes:

PRESENTACION

NUDO

DESENLACE

Dicho de otro modo, la estructura es el mapa del relato,  el pantallazo general que nos permite ver el recorrido entre el  punto de partida y el punto de destino.

Cada una de las partes mencionadas es un tramo del viaje, aunque a medida que adquirimos mayor pericia para narrar, el dibujo de ese trayecto puede parecer menos lineal y hasta caprichoso o improvisado.

Pero si lo hemos hecho bien ,el resultado es el mismo: un viaje en el que llegamos adónde queríamos llegar y nos hemos traído al lector con nosotros.

Nuestro mayor temor es perdernos por el camino, tomar algún atajo que deje el cuento en poco más que una anécdota, o un sendero secundario que lo convierta en un viaje aburrido e interminable.

La forma más práctica de evitar esos accidentes es tener una noción clara de otros dos conceptos imprescindibles en narrativa:

El argumento y la trama.

Que no son lo mismo. Ni mucho menos.

El argumento es lo que vamos a narrar, la trama es la forma en que lo contaremos.

Las diferencias parten de la propia planificación: ideamos el argumento y luego (o casi en paralelo) urdimos la trama, la estrategia de la narracción.

Sin un argumento claro y una trama sólida, el relato se atascará en mitad de su recorrido, o al llegar al final será otroa distinto y probablemente confuso.

Siguiendo con el símil, el argumento es la idea misma del viaje,  con la ventaja de que nosotros sabemos cómo acaba, o por lo menos, que pretendemos con ese viaje.

El argumento es casi el concepto del relato y más que la anécdota en si. Tenemos que ser capaces de exponerlo en una sola frase, ya que narra la esencia del relato, una idea central, y no todas sus peripecias.

Por ejemplo, el argumento de La Odisea, se resumiría en la siguiente frase:

Tras años de guerra, un hombre intenta volver a su hogar.

Aunque lo que recordemos del libro sean mucho detalles y anécdotas , es obvio que esa es la idea en la que se basa la historia, la que abre las puertas a todo lo demás, y lo incluye, en forma de preguntas que nos hacemos al escribir:

¿Cuántos años lleva fuera de casa?

¿Ese hombre vuelve eufórico de la guerra o con el pesar de haber visto tantas veces la muerte cerca?

¿Conseguirá volver?

¿Qué dificultades encontrará para lograrlo?

¿Cuándo llegue a su hogar, será el mismo hombre que se marchó o habrá cambiado para siempre?

¿Tendrá posibilidades de adaptarse a la vida en tiempos de paz?

El número de preguntas puede parecer infinito, pero cada interrogante abre una nueva puerta, propone un nuevo tramo de ese trayecto que acabará plasmándose en el mapa final.

Pero rara vez somos conscientes de la idea “pura” que da nacimiento a un relato, porque por lo general, y aparentemente al mismo tiempo que tenemos esa idea, surgen las complementarias, que van formando la trama.

Y continuando con el símil del viaje (¿qué es un relato sino eso?). La Trama esa el boceto del viaje, la idea más amplia de lo  que esperamos de él, y que responde, en parte, a esas preguntas a las que nos referíamos. La forman, en realidad, varias ideas que se combinan en torno al argumento y lo desarrollan.

Por ejemplo:

Tras la guerra, un héroe intenta volver a casa acompañado de un grupo de hombres fieles, y para hacerlo recorre el mundo antiguo durante diez años, sorteando mil peligros gracias a su astucia.

Ahí ya tenemos elementos que resumen toda la historia o, si estuviéramos inventándola, los ofrecen las claves para escribirla:

El hombre es el jefe de un grupo.

Su retorno será azaroso y tendrá que superar muchas pruebas.

Tardará mucho en volver a casa, por lo que es probable que él mismo cambien en el camino.

Su experiencia militar y la de los hombres que lo acompañan será puesta a prueba durante el viaje.

Esas pruebas, probablemente, tendrán un carácter simbólico, tanto para los viajeros como en lo que se refiere a la época narrada.  ¿Acaso  lo que  encuentran a su paso  representa el anuncio del fin de un era?

Las manifieste o no, es posible que el protagonista tenga dudas:

¿Podrá llegar a casa alguna vez?

¿No sería mejor rendirse y detenerse en cualquier lugar apacible?

¿Lo habrán dado por muerto?

Y un elemento diferenciador del relato, una cualidad de la que dotamos al personaje y lo hacer adquirir un perfil más definido: la astucia, el triunfo de la inteligencia sobre la fuerza bruta, es lo que le servirá para avanzar en su camino.

Es obvio que La Odisea ya está escrita hace siglos, pero he optado por este ejemplo para abordar el aspecto más útil de la diferenciación entre argumento y trama: su validez para revisar la funcionalidad de un relato.

¿Cuántas veces comenzamos a escribir una idea y, eufóricos por la cantidad de anécdotas que se nos van ocurriendo, olvidamos  revisar la trama, comprobar si responde al argumento  o éste ha cambiado en el desarrollo de la escrito?

Si es así, deberíamos analizar el relato con detenimiento y decidir si seguimos el nuevo camino (lo que equivale a armonizar el concepto inicial para que se adecuen al nuevo), o corregimos el rumbo y volvemos al camino trazado.

Ambas decisiones pueden ser correctas, pero ambas demandan hacerlo bien y  ver el texto con ojo crítico y poca benevolencia.

Una vez que tenemos  una visión de conjunto de la trama, toca decidir la estructura, identificar las partes (incluso si escribimos un relato experimental) y desarrollarlas según las preguntas que hemos visto en clases  anteriores.

Y esto nos soleva a la pregunta del millón:

¿Es “obligatorio” seguir este proceso para escribir un buen relato?

Y la respuesta es NO.

Todo hemos creado cuentos más que satisfactorios sin tener en cuenta estos pasos, APARENTEMENTE, pero incluso por imitación de lecturas previas, y por haber incorporado  inconscientemente de ellas las estructuras, LO HACEMOS.

Además, como apuntaba más arriba, es NECESARIO para VERIFICAR que el relato FUNCIONA.

En resumen, que conviene manejar estos concepto, incorporarlos y, con el tiempo, creer que los hemos olvidado, pero seguir aplicándolos, incluso sin darnos cuenta.

Por Carlos Salem

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