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Hay mucha gente que conoce a Andrea Camilleri por la serie de televisión y no por sus novelas. Que seria algo así como si se recordara a Da Vinci por sus inventos más o menos funcionales y no tanto por sus cuadros. Aunque, ahora que lo pienso… Mejor cambio de tema.

Camilleri usaba el humor para envolvernos en sus palabras, porque estoy convencido de que conocía un secreto que los demás ignoramos.

Y es un humor de aquí, mediterráneo, latino y milenario a la vez. Cualquiera que lea una de sus historias sobre Vigatà (tanto la serie de Montablano como las otras novelas), creerá que está en un pueblo cualquiera de esta España que se apoya en el mar pero siempre mira más lejos.

En lugar de reflejarnos en los autores yanquis y copiarles los tics, los que pretendemos escribir novelas con un fondo policial deberíamos tomar ejemplo del maestro y darnos una vuelta literaria por cualquier pueblo de nuestras costas, agrandado hasta creerse ciudad.

Allí encontraríamos la risa y los cuernos, la muerte y los pulpitos, la sopa del mar en la que necesariamente nos cocemos y nos renovamos.

Allí está todo pero nos acercamos con prevenciones, como si un crimen cometido en Ronda tuviera menos glamour que uno perpetrado en Queens. Ese complejo del chico de la vuelta de la esquina (subestimar lo cercano porque lo damos por sabido aunque no sepamos nada) no es exclusivo de aquí. También estaba presente en mi otro país, la Argentina en la que nací y tengo enterrado el ombligo. Por fortuna, el reciente furor por el rural noir viene a reparar en parte esa carencia, en especial por la gran cantidad de autoras y autores que aprovechan la moda para tratar de contar lo que permanece.

Generaciones y generaciones de intelectuales que se han gastado buscando la cuadratura del círculo, experimentos con y sin gaseosa para mostrarse como vanguardia o modernidad, y todo para que el viejo pícaro y sabio nos de una lección de humildad en novelas como La forma del agua, El olor de la noche, La voz del violín, La temporada de caza, El movimiento del caballo… podría seguir hasta agotar toda la obra de Camilleri, y siempre me reservaría una enseñanza en su nueva novela, la que sea, la que le salga de ahí escribir en ese momento, porque con la pila de años que tiene, el siciliano se niega a renunciar a contar su aldea sin amargura y sin concesiones.

Creo, sinceramente, que  la sencilla lección magistral de Camilleri,  se basa en tres puntos:

1) a la literatura hay que tomársela en serio entre carcajadas, como a la vida.

2) la solemnidad mata al arte o por lo menos impide que se le ponga dura.

3) Los lectores no son gilipollas, aunque a veces dejen que se los trate como a tales.

Camilleri aplica esa recetas en todo lo que escribe y todo lo que escribe llega, conmueve, provoca. Y lo hace sin estridencias, sin códigos davincis o templarios pasados de fecha.

Salvo que me engañe la memoria , en ninguna de sus tramas aparecen conspiraciones de alcance internacional, ni depende de Montalbano salvar el mundo ni el país. Se conforma con salvar al individuo, al mejor estilo de Chandler pero frente al mar, comiendo unos salmonetes como para ponerles un piso y dudando entre el amor y la cómoda soledad del que nunca está solo del todo.

Hace años, tuve la audacia de poner a un Camilleri desnudo y astuto dentro de la trama de mi novela Matar y guardar la ropa. 

Y aunque lo negué demasiadas veces en otras tantas entrevistas, admito que albergaba el deseo culpable de que, de alguna manera el maestro se enterase de mi caradurez y se la tomara con el humor que todo lector suyo le conocía.

Un par de años más tarde, la novela se tradujo al italiano, con el italiano título de Nuda e la morte, tuvo un éxito más que discreto el país de la bota y sobre todo bastante prensa.

Y estuvo a punto de cumplirse mi sueño.

En realidad se cumplió. Pero los sueños que se sueñan despierto tienen esa condición de insaciables, si los cumples, quieres más.

Me explico: participando en un festival de novela negra en Italia, alguien me presentó a una veterana periodista especializada en literatura de cuyo nombre no me acuerdo porque soy un desastre.

Pero si recuerdo que era siciliana, residía en Roma donde tenía mucha influencia en el ambiente literario, que era amiga personal de Camilleri, que le había encantado mi novela y le había hecho llegar un ejemplar.

Ante de los ojos ilusionados de mi editora (los míos estaban al borde del llanto), llamó al teléfono particular del maestro y le preguntó, con el manos libres activado y la muchacha que me ejercía de intérprete traduciéndome en susurros, si le había gustado, sin advertirle el autor estaba escuchando.

Con una voz acolchada de tabaco soltó una carcajada y creo que algún amable insulto, y le dijo se había divertido mucho con el personaje que hice inspirado en él y mucho más porque no era el típico abuelo bueno, sino uno de los malos quizás.

Entonces la periodista le dijo que yo lo estaba escuchando y hablamos unos minutos.

Creo que respondí tartamudeando, y creí que mis oídos me engañaban o que la traductora traducía mal cuando me dijo que me invitaba a cenar en agosto en su villa de Palermo.

Yo estaba pobre como casi siempre y dudé al responder, pero mi editora casi se rompe el cuello diciéndome que aceptara que la editorial me pagaba el viaje y todos los gastos.

Se hicieron los arreglos oportunos para el encuentro y lo dejamos ir a fumarse otro cigarro.

No recuerdo lo que pasó la siguiente horas porque estaba flotando. Creo recordar que la periodista famosa ofreció estar presente para hacer un resumen de esa cena y de la charla y que mi editora que así se desmaya de alegría. Y que a mí me daba igual la promoción y las ventas que pudiera provocar semejante encuentro. ¡A Camilleri le había gustado mi libro, tanto como para invitarme a cenar a su casa! 

Abreviando, que es gerundio: la cena no pudo realizarse porque quince días después enfermó gravemente de los pulmones y todo el mundo pensó que no sobr

 

eviviría y solo bien entrado  octubre se supo que el maestro estaba otra vez en pie, escribiendo y fumando, por  supuesto.

Aunque había restringido por un tiempo a todas sus apariciones públicas.

El tiempo fue pasan

do tan rápido que cuando quise acordarme ya no era momento de intentar reactivar la invitación. Hubiera sido como cobrar una deuda o mendigar publicidad, y a mí me había hecho feliz que partiera de su propio entusiasmo de lector.

A modo de s

poiler, diré que tras el susto, y pese a todos los pronósticos en contra, Andrea Camilleri sobrevivió casi diez años más.

Cuando me deprimo como escritor, recuerdo que a Camilleri le gustó convertirse en un personaje mío y se me pasa el bajón.

Los más críticos, que nunca faltan, apuntarán que en las últimas novelas había bajado un poco la guardia. Puede que tengan razón. Pero no había perdido esa mirada socarrona de fumador empedernido  y todavía le agradezco aquella oferta que no se concretó.

El maravilloso cabronazo sabía que su personaje principal, el comisario Salvo Montalbano, se estaba comiendo al autor. Por eso, en contra de las tendencias de mercado, siempre publicaba otro tipo de novelas entre un caso y otro del comisario y eran igual o mejor de buenas.

Y para demostrarle al policía quién mandaba, escribió con varios años de antelación la aventura final del comisario: Ricardino, y dispuso que se publicara después de su muerte.

La compré apenas salió, desde luego. Y tardé en empezar a leerla porque soy un sentimental.

Y aunque me gustó bastante más que algunas de las últimas, la dejé por la mitad porque llegar hasta el final hubiera sido aceptar que Camilleri ya no escribirá nunca más.

Prefiero imaginarlo en la terraza de su villa de Palermo, contándonos  novelas después de la cena, mientras él fuma cómo una chimenea y yo, que deje de fumar hace siete años y no añoro para nada el cigarrillo, fumo con él.

CARLOS SALEM

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