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Curso de narrativa. Clase 9

ÍNDICE DE CONTENIDOS DEL CURSO COMPLETO

Primera persona

Un relato está escrito en primera persona cuando el que habla es un personaje, ya sea el protagonista de lo narrado, es decir un narrador central , o un personaje secundario que narra la historia de otros, en cuyo caso hablaríamos de un narrador marginal. En ambos casos, al narrar, nos comunicarán sus puntos de vista, prejuicios y recuerdos, tamizando lo que se cuenta. Es importante que, desde el principio de la narración, el lector sepa que narrador utilizamos, y  quién es el protagonista.  Veamos con ejemplo un fragmento de el comienzo de El Aleph, de  Jorge Luis Borges

La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños; visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón… No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.

 Desde el arranque sabemos que el narrador, aunque nos hable de Beatriz, expone sus sentimientos y su historia en común con ella.  Pese a que podría considerarse que se trata de un narrador marginal o periférico, la propia narración nos lleva a lo que él ha deseado y temido.  Está en el centro de la acción, aunque lo haga desde la evocación y es más que un observador.

El narrador en primera persona no siempre es singular, aunque lo usual es que sea sólo uno quien hablar, incluso si lo hace en nombre de dos o más personajes. Veamos como ejemplo este fragmento de Casa Tomada, de Julio Cortázar:

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Una ventaja obvia de la primera persona es la rapidez con que se puede lograr la identificación del lector con el personaje, ya sea el tímido enamorado de Borges o los hermanos enamorados de la mansión de los que habla Cortázar. Nos “metemos” con mayor facilidad en la historia y asumimos sus vivencias incluso si su forma de enfrentarlas es diferente de la nuestra.

Un claro ejemplo de  narrador periférico pero potente, podemos hallarlo en El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad. El narrador, Marlow, nos transmite  la historia de Kurtz, el buscador de marfil; pero nos avisa desde el principio que: “No quiero aburrirlos con lo que a mí personalmente me sucedió”.  

Corrían rumores de que una estación importante tenía dificultades y de que su jefe, el señor Kurtz, se encontraba enfermo. Esperaba que no fuera verdad. El señor Kurtz era… Yo me sentía cansado e irritado. ¡A la horca con el tal Kurtz!, pensaba. Lo interrumpí diciéndole que ya en la costa había oído hablar del señor Kurtz. “¡Ah! ¡De modo que se habla de él allá abajo!”, murmuró. Luego continuó su discurso, asegurándome que el señor Kurtz era el mejor agente con que contaba, un hombre excepcional, de la mayor importancia para la compañía; por consiguiente yo debía tratar de comprender su ansiedad. Se hallaba, según decía, “muy, muy intranquilo”. Lo cierto era que se agitaba sobre la silla y exclamaba: “¡Ah, el señor Kurtz!” En ese momento rompió la barra de lacre y pareció confundirse ante el accidente. Después quiso saber cuánto tiempo me llevaría rehacer el barco. Volví a interrumpirlo. Estaba hambriento, sabéis, y seguía de pie, por lo que comencé a sentirme como un salvaje. “¿Cómo puedo afirmar nada?”, le dije. “No he visto aún el barco. Seguramente se necesitarán varios meses.” La conversación me parecía de lo más fútil. “¿Varios meses?”, dijo. “Bueno, pongamos tres meses antes de que podamos salir. Habrá que hacerlo en ese tiempo.” Salí de su cabaña (vivía solo en una cabaña de barro con una especie de terraza) murmurando para mis adentros la opinión que me había merecido. Era un idiota charlatán. Más tarde tuve que modificar esta opinión, cuando comprobé para mi asombro la extraordinaria exactitud con que había señalado el tiempo necesario para la obra.

Kurtz es, durante casi toda la novela, una ausencia mítica, alguien de quién se habla pero no está presente. Cuando muere, al final de la narración, el lector no se ve tan afectado por este hecho como por las vivencias que ha atravesado el narrador, Marlow.

Un narrador en primera persona es el más humano, y como tal, tiene sus limitaciones humanas. No puede estar en todas partes y tiene que justificar cómo ha sabido aquellos hechos que no han ocurrido delante de sus ojos.

No es omnisciente. Puede contar sólo lo que sabe, y cuando completa esos huecos cos sus puntos de vista o especulaciones, sabemos que no estamos obligados a aceptarlos sino que debemos interpretarlos.

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