Seleccionar página

Con frecuencia, tenemos ganas de escribir, nos gusta hacerlo y el modo en que lo hacemos, pero… no se nos ocurre nada sobre lo qué escribir. O en todo caso, nada que sea un relato. ¿Cómo decidir qué contamos? ¿Todo depende de la creatividad o existen formas de hallar temas que nos sirvan de vehículo para exponer nuestras ideas y sentimientos?

Lo primero es comprender que la anécdota que narramos no es el tema del cuento sino parte de él, el vehículo para exponer el tema. Aunque tengamos una buena anécdota, algo alucinante que nos ocurrió y conocemos como nadie, si al narrarlo no cumplimos los requisitos básicos, no servirá de mucho como relato, aunque pueda formar con dignidad parte de un futuro libro de memorias. Pero no olvidemos que estamos aquí para escribir relatos.

CLASES ANTERIORES:    • CLASE 1 DE NARRATIVA: LAS 5 PREGUNTAS     • CLASE 2 DE NARRATIVA: LA ESTRUCTURA     • CLASE 3 DE NARRATIVA: LO CONOCIDO   CLASE 4: MAPA O BRÚJULA

Lo mismo pasa cuando tenemos una idea genial para un argumento: puede ser el más original del mundo, y hasta podemos escribirlo con virtuosismo en el lenguaje, con exactitud en los episodios y el ritmo, etc… pero si nos quedamos en la anécdota, será un pobre cuento.

¿Quiere esto decir que debemos comenzar a escribir un relato pensando primero en el mensaje de fondo? Creo que no, y que partir siempre desde este punto puede dar como resultado cuentos acartonados o pomposos. La clave está en ser concientes, aunque empecemos contando la anécdota, de que debajo hay algo más, detectarlo y sin cargar las tintas, dejarlo fluir.

El excelente cuentista argentino Ricardo Piglia esbozó hace tiempo la tesis de los dos hilos, de la que adjuntaré un copia íntegra junto con esta clase. Pero no está de más destacar dos puntos sobre los que se fundamenta esa tesis:

I

En uno de sus cuadernos de notas, Chejov registró esta anécdota: “Un hombre, en Montecarlo, va al casino, gana un millón, vuelve a casa, se suicida”. La forma clásica del cuento está condensada en el núcleo de ese relato futuro y no escrito.

Contra lo previsible y convencional (jugar-perder-suicidarse), la intriga se plantea como una paradoja. La anécdota tiende a desvincular la historia del juego y la historia del suicidio. Esa escisión es clave para definir el carácter doble de la forma del cuento.

Primera tesis: un cuento siempre cuenta dos historias.

II

El cuento clásico narra en primer plano la historia 1 (el relato del juego) y construye en secreto la historia 2 (el relato del suicidio).

El arte del cuentista consiste en saber cifrar la historia 2 en los intersticios de la historia 1.

Un relato visible esconde un relato secreto, narrado de un modo elíptico y fragmentario.

El efecto de sorpresa se produce cuando el final de la historia secreta aparece en la superficie.

La clave está en  aprender a contar lo que queremos contar y no lo que nos sale, por bello que sea el resultado estético si nos dejamos tentar por el ritmo de nuestras palabras.

Dejarse llevar es bueno como ejercicio y la caja negra  a la que hacíamos referencia en la Clase 1 ( es decir nuestra memoria, nuestra mente, que guarda todo lo que hemos vivido y visto), siempre ayuda, pero aquí es dónde aparece, aunque no siempre la veamos, la intención de la fórmula con la que comenzamos este taller y sobre la que volveremos con frecuencia:  

Una NARRACIÓN que
mediante una ACCION
transmite una SENSACIÓN
y/o una EMOCIÓN,
a partir de una INTENCIÓN

Dentro de este esquema, la intención del narrador es la más difícil de identificar, si el autor lo ha hecho bien. O dicho de otra manera, podrías identificarla desde le comienzo, pero si el autor lo ha hecho bien, no lo hacemos, porque estamos atentos a la narración, que transcurre mediante una acción, y nos transmite sensaciones o nos provoca emociones.

No siempre somos conscientes de esto, y eso es positivo, porque no se trata de manipular al lector pesando -metafóricamente- cada ingrediente del relato, sino de manipularlo casi sin querer, y  ser al mismo tiempo lectores y autores, y en ese orden. ¿Cómo se logra el equilibrio? Mediante el aprendizaje la práctica de las técnicas necesarias. Y esas técnicas se aprenden escribiendo y leyendo.

Si tenemos claro esto, podemos dejarnos llevar por la historia, pero no por  nuestros prejuicios o preconceptos. El lector espera de nosotros algo más que moralejas y moralinas, espera respeto. (Me estoy refiriendo al buen lector, al tipo de lector al que nos gustaría llegar con nuestros relatos, y no al que se siente cómodo tratado como un rumiante que mastica lo que le echen).

Por ejemplo, si deseamos escribir un relato sobre una infidelidad ajena, la tentación de que a él o ella les acabe yendo fatal, puede estropear la transmisión de otras sensaciones o emociones universales. Buscamos la empatía del lector, pero no la conseguiremos si olvidamos que ese lector tiene su propio criterio.

En resumen: el tema puede no ser obvio pero está debajo de lo que narramos. La anécdota es un vehículo pero no por eso debemos descuidarla. La historia sumergida sirve para sorprender, pero también para dar profundidad al relato. Parece difícil, pero no olvidemos que escribir una ficción es hacer malabares con varias naranjas al mismo tiempo, y cada uno debe decidir cuántas puede mantener en el aire en cada momento, y lo que es más importante, cuántas “naranjas” necesita el cuento que queremos contar.

Pero seguimos sin responder a la pregunta: ¿qué narramos? o lo que es lo mismo: ¿dónde encontramos temas para narrar?

En la próxima clase veremos que hay muchas posibilidades.

CONTINUAR CON EL CURSO

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies