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Aún corriendo el riesgo de que esta clase pueda parecer demasiado “etérea”, antes de entrar en materia narrativa conviene echar un vistazo a cinco consejos prácticos que pueden resultar de gran utilidad.

SI

1) Trabajar y trabajar

Aunque en ocasiones un buen relato nos salga “redondo” de una sola sentada ante el ordenador, otro puede llevarnos semanas y hasta meses. La única clave es practicar, practicar y practicar, para que los aspectos técnicos de la escritura se incorporen a nuestra tarea como algo natural .

A menudo de habla de la inspiración como de algo mágico, cuando en realidad es el fruto de la concentración, de la intensidad con que tenemos presente lo que queremos escribir, la cantidad de tiempo que dedicamos a pensar en ello, incluso cuando realizamos otras tareas. Si dedicamos tiempo y concentración a lo que queremos contar, cuando nos sentemos a escribirlo, nos sentiremos casi iluminados, porque sabemos de lo que vamos a narrar mucho más de lo que creíamos.

También se habla y demasiado del talento. No cabe duda de que algunas personas tienen una marcada habilidad para la escritura, pero esa facilidad se puede potenciar con el trabajo constante.

En cuanto a las “ayudas” externas, muchos autores admiten que beber una copa, fumar u otras prácticas les ayudas a “soltarse” frente al papel. Pero hay que evitar las confusiones: Ninguna sustancia o bebida tiene tu relato, lo tienes tú, de modo que también puedes escribir sin ellas. En todo caso, duda de cualquier método que implique dejarte al margen de lo que escribes: bueno o malo, lo escribes tú.

2) Se aprende “copiando”

Esto no es una apología del plagio, ni mucho menos. Me refiero a copiar la “Musica” los narradores que nos gustan. Captarla, buscar ese tono, hacerlo nuestro y dejar que se aparee con todos los otros que tenemos dentro. ¿Por  qué nos gustan los diálogos de un autor, las descripciones de otro, las tramas de aquél, los finales de el otro? Porque lo hacen de un modo que nos llega. Porque su técnica es buena y no vemos venir lo evidente. Así que si somos capaces de hacernos con ese ritmo como un elemento de nuestro propio ritmo narrativo, no estaremos copiando en realidad, sólo ejercitando formas de narrar para construir nuestra propia manera de hacerlo.

3) Leer antes que escribir

Ya lo comentamos en la clase anterior, pero no me canso se reiterarlo. Leer narrativa es la mejor manera de aprender a escribirla. El supuesto miedo a que la lectura de otros autores nos “influencie” mientras escribimos nuestras propias historias, es sólo una coartada para perezosos. Al leer no sólo detectamos lo positivo de un autor que admiramos, también vemos sus errores y aprendemos a evitarlos.

Como decíamos en la clase 1, es vital realizar primero una lectura inocente de los textos ajenos, para luego realizar una lectura “detectivesca“, en busca de las “costuras“ de la historia, las mismas que antes no vimos porque estaban bien hechas, o vimos porque el autor fue descuidado. .

Aprender a separar las dos lecturas enseña más que diez manuales de técnica literaria.

 

4) Encontrar tu estilo… Cuando lo tengas

El estilo propio no asoma en los primeros cuentos que escribimos, pero sí algunas de sus señas de identidad. Pretender que poseemos un estilo desde el comienzo, es retrasar la consolidación de ese estilo.

El estilo de un autor  no sólo está formado por los temas que suele abordar sino por la forma de hacerlo, y es la combinación de varios registros: cada uno de nosotros tiene diferentes formas de contar historias y todas son nuestras. Cada relato pide su registro, sólo tenemos que descubrirlo. Y atrevernos con otros diferentes a los que usamos siempre.

El estilo no lo buscas, lo encuentras. (Partimos de “copiar“). Conviene experimentar con los nuestros registros, sin atarnos de un modo definitivo a ninguno. Si dejamos que fluyan, aprenderemos a reconocerlos. Y cuando ya no pensemos en ello, descubriremos que tenemos nuestro propio estilo, reconocible para quien nos lea.

 

5)  Dale al cuento lo que pida

Con frecuencia no sabemos qué extensión debemos dar aun relato y, por miedo a ser demasiado escuetos, tendemos a estirarlo agregando detalles innecesarios o recreándonos en descripciones o historias colaterales que no hacen más que ocupar espacio. La extensión ideal de un cuento es la que el cuento pide.

Un truco útil es el de escribir el relato, dejarlo descansar y luego “podarlo” de lo que es superfluo. No debemos sentir esa operación como un desgarro: ya escribiremos nuevos cuentos en los que aplicar esa técnica o desarrollar esa idea que en este es sólo un adorno que distraerá al lector.

Aunque parezca radical, durante el taller realizaremos con frecuencia reducciones de hasta el 50% en algunos relatos.  Y comprobaremos -pasado el sofoco inicial- , que a menudo el cuento no ha perdido sino todo lo contrario: ha ganado en intensidad y profundidad.

Ejercicios

1) Crear un relato a partir del siguiente recorte de prensa. No queremos contar TODA la historia de la noticia, sino ver qué nos sugiere, qué podemos contar a partir del titular o de algún hecho destacado de la noticia. Es válido buscar alternativas por el lado del género fantástico, de humor, el que prefieran… Pero reitero que debemos dejarnos llevar por la sugestión y ver adónde nos lleva.

Un ciego, rechazado del gimnasio por carecer de monitor personal

El centro alega que no está adaptado para el invidente – El afectado se inscribe sin problemas en otro pabellón

Sin entrenador personal, el gimnasio no admite a ciegos. Es la postura defendida por un centro de Reus tras rechazar la matriculación a un joven invidente de 21 años. Josef El Haddaoui, ciego desde los seis años de edad y convocado por la selección nacional de fútbol sala para discapacitados, ha quedado así expulsado del gimnasio. El centro subraya que no se trata de discriminación sino de un asunto de seguridad: los aparatos del gimnasio no están adaptados para invidentes, por lo que admitirle supondría una irresponsabilidad. La minusvalía le permite orientarse y hacer deporte sin dificultad, lo que muestra su convocatoria para la selección. El Haddaoui acude ahora a otro pabellón deportivo reusense en el que no le han manifestado ningún problema. “Voy cuando hay menos afluencia de público y el monitor me ayuda a la hora de cambiar de máquina”, señala.

El Haddaoui recibió la llamada de la selección a mediados de abril y decidió que debía mejorar su forma física antes de los compromisos deportivos. Acudió a un gimnasio de Reus y se topó con la exclusión. “No me dejaron matricular pese a que iba a asistir acompañado en todo momento”, ha explicado al Diari de Tarragona. Mientras el centro le exigía un monitor, El Haddaoui les ofreció a un familiar. Explicó al centro que su hermano, socio del mismo gimnasio y presente en la discusión con el centro, se comprometía a acompañarle y responsabilizarse de sus movimientos mientras estuviese en el centro. La respuesta siguió siendo negativa.

“Un gimnasio es un lugar peligroso. Sin una persona preparada a su lado todo el tiempo no puedo garantizar su seguridad”, ha asegurado la dirección del centro. El problema de fondo es el vacío legal sobre el asunto. La normativa de la Generalitat que fija los requerimientos de los gimnasios que acojan a clientes con minusvalías impone requisitos para eliminar barreras arquitectónicas y facilitar los accesos a personas de movilidad reducida. Pero no recoge nada sobre los posibles clientes que padezcan ceguera. Cualquier gimnasio podría acoger o rechazar, por tanto, a un invidente sin incumplir la ley, señala el departamento de Acción Social y Ciudadanía de la Generalitat.

http://www.elpais.com/articulo/sociedad/ciego/rechazado/gimnasio/carecer/monitor/personal/elpepusoc/20100512elpepusoc_5/Tes

2) Cada participante esbozará el nudo y el desenlace de un relato a partir de una presentación común para todos./  Se trata de un relato de auto ficción, de los que hemos hablado ya, pero obedece a las mismas reglas que cualquier otro. Cuando reciba los ejercicios os mandaré mi propio nudo y mi propio desenlace, pero ESTO NO ES UNA COMPETICIÓN para ver quién coincide o acierte con lo que yo escribí, sino para hacer que desarrollen sus propias continuaciones.

Mientras Lino Ventura despoblaba Marsella de mafiosos

A Marina la descubrí en el vestíbulo de un cine, un domingo por la tarde. Yo tendría unos 13 años y medio, en un momento de la vida en que el medio marcaba una diferencia. Ella andaba más o menos por la misma edad. Era delgada, tenía las piernas largas y una belleza directa de piel muy blanca, pelo muy negro y ojos muy verdes. Me quedé sin respiración. Creo que estuve muerto unos segundos y desde luego que no me enteré de lo que decía Saúl sobre las tetas de una rubia inalcanzable de 18 años, que lo miraba como si fuera un bebé.

Marina hablaba con un grupo de amigas que la trataban de igual a igual sin percatarse del milagro de dirigirle la palabra sin desintegrarse, y mis malditos mofletes se encendieron como brasas sólo con imaginar que estaba cerca de ella.

No sabía aún que se llamaba Marina, pero tuve la certeza de que tendría un nombre diferente, inventado para ella.

Empezó la función y la perdí de vista, pero durante más de una hora la busqué entre las filas de cabezas en silueta, hasta que la encontré. Marina brillaba en la oscuridad.

En el intermedio rondé en círculos hasta quedar cerca de su grupo. Mi plan era que me viera y que sintiera lo mismo que yo. Era un plan de mierda, pero Tony, solidario como siempre, me acompañó sin pedir explicaciones, hasta que el timbre de la sala anunció el comienzo de la segunda película y el final de mi felicidad estúpida. En los diez minutos de la pausa, Marina no me había visto. Yo era un  monstruo deforme. O peor aún, ni siquiera era tan interesante como un monstruo. Sólo un chico más, con el pelo rebelde y ondulado, dos cachetes rojos como boyas de mi propio naufragio, y un cuerpo desigual, que se había desarrollado bastante en lo que no podía verse, pero al que le faltaba crecer en estatura.

Era imposible que ella se fijara en mí.

Por eso decidí lograrlo.

En Neuquen había dos cines: uno en el Alto y otro en el Bajo. No eran muy diferentes, pero en el del Bajo, al que iba los domingos antes de apurar la medianoche entre pizza y cervezas con mis amigos, ponían películas de acción y también otras que, como no eran superproducciones, no tenían cabida en el cine del Alto. Marina iba siempre al cine, pero no siempre al mismo, así que más de un domingo tuve que correr varias veces las doce cuadras que los separaban, hasta saber cuál era el elegido esa semana. Y Tony, leal, corría conmigo.

( A partir de aquí, vuestro nudo y vuestro desenlace)

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